La ruta nace en La Garganta, el pueblo más alto de la comarca, allí donde el aire es más puro y el silencio parece custodiar antiguos secretos. Desde sus primeras calles empedradas comienza la ascensión inicial, un esfuerzo breve pero revelador, tras el cual el camino se rinde a un largo y pausado descenso. Este se adentra en bosques profundos de castaños centenarios, guardianes de senderos ancestrales, y en prados abiertos que se despliegan como alfombras verdes, surcados por viejos caminos de herradura que aún conservan la huella del paso humano y animal.
Nos encontramos en la zona más frondosa del recorrido, donde la luz se filtra tamizada entre las hojas y el tiempo parece avanzar con otra cadencia. El sendero nos conduce hasta Hervás, cruzando el histórico puente de la Fuente Chiquita, umbral de entrada a la villa. Desde allí, el itinerario asciende por el barrio más emblemático de la localidad, el Barrio Judío, un entramado de calles estrechas y casas de entramado que evocan siglos de convivencia, memoria y tradición.
Dejando atrás Hervás, el camino se orienta hacia Gargantilla. Cruzamos el Puente del Monte, testigo silencioso de innumerables travesías, y tras un breve tramo de carretera volvemos a internarnos en la naturaleza viva del Castañar Gallego y el Castañar del Duque. Aquí el paisaje vuelve a cerrarse, envolvente y solemne, hasta alcanzar la parte alta de Gargantilla, desde donde la vista se abre nuevamente al horizonte.
El camino abandona Gargantilla por el Mirador del Calvario, un balcón natural suspendido entre cielo y tierra. Desde este punto elevado, la mirada se adelanta al destino final de la jornada: Aldeanueva del Camino, recostada en la distancia como una promesa tranquila. El viento parece detenerse aquí, invitando a una última contemplación antes de reemprender la marcha.
Aldeanueva del Camino es conocida como el pueblo de las tres mentiras: ni es aldea, ni es nueva —aunque, como dicta toda lógica ancestral, en algún momento tuvo que serlo—, ni la cruza un camino. Esta última afirmación es la que más dudas despierta, pues los senderos, visibles e invisibles, han pasado siempre por estas tierras; aun así, así la nombran, y el nombre, como todo lo antiguo, encierra su propio misterio.
Desde el mirador, la ruta continúa por una pista encementada que desciende suavemente hacia la localidad. El paisaje se abre y se vuelve más amplio, mostrando el contraste entre la quietud rural y la presencia lejana de la Autovía A-66, una arteria moderna que atraviesa el territorio como un recordatorio del tiempo presente. Al llegar a ella, la cruzamos por debajo, como si el sendero ancestral se deslizara discretamente bajo el pulso acelerado del mundo contemporáneo.
Al otro lado, nos adentramos en Aldeanueva del Camino. Las calles nos conducen hacia el centro del pueblo, donde la etapa encuentra su cierre natural. Aquí concluye este tramo del GR-10 Extremeño, no solo como final de recorrido, sino como punto de encuentro entre historia, paisaje y caminante. El silencio vuelve a imponerse, y con él, la certeza de haber transitado un camino que es tanto exterior como interior.
"Sólo salí a caminar y finalmente decidí quedarme afuera hasta la puesta del sol, porque descubrí que salir era realmente entrar."
John Muir