Dejas el coche en el amplio aparcamiento (eso sí, en verano o fines de semana el acceso de pago cuesta 3 €). La ruta empieza siguiendo la Senda de Laguna Grande, un camino empedrado y bien marcado como PR-AV 17.
A menos de 1 km, abandonas la senda principal y tomas un desvío a la izquierda hacia la Vereda del Puerto de Candeleda. Caminas paralelo a la Garganta de Prado Puerto, entre enormes bloques de granito y praderas donde pastan vacas avileñas.
Atención: Es fácil despistarse y seguir recto hacia el Pico La Mira. Tienes que fijarte en los hitos de piedra que marcan el desvío correcto hacia Candeleda.
Sigues subiendo suavemente hasta llegar al Puerto de Candeleda (un collado a unos 2.009 m). Desde aquí las vistas ya son espectaculares: al norte ves por dónde has venido y al sur se abre el Valle del Tiétar y el embalse de Rosarito, unos 1.700 m más abajo, por lo que la sensación de altitud es espectacular.
Desde el collado, cambias de dirección y te diriges hacia la Cuerda del Refugio del Rey. Puedes ir campo a través o seguir un sendero que bordea las laderas entre piornos. El objetivo es llegar a las ruinas del Refugio del Rey, que aunque está en mal estado, tiene su encanto.
Antes de llegar a él vivimos uno de los momentos más emocionantes del día. De repente, a lo lejos, vemos un rebaño de cabrones. Cogemos los prismáticos y contamos más de veinte. Suponemos que al acercarnos a ellos, ya que están justo por donde pretendemos pasar, se asustarán y se marcharán, así que caminamos despacito haciendo un montón de fotos. Nos ven claramente, pero ni se inmutan. La verdad es que da mucho respeto tener que pasar justo al lado de tanta cornamenta, pero afortunadamente, no nos han hecho ni caso. Claramente, están más que acostumbrados a los excursionistas.
En lo alto de Gredos, a 2.177 metros, se alzan las ruinas de una edificación con una historia fascinante. No estamos ante un simple refugio de montaña, sino ante un vestigio de la Real Casa del Rey Alfonso XIII.
A principios del siglo XX, Alfonso XIII era un apasionado de la caza mayor. Gredos se había convertido en uno de sus cotos predilectos, famoso por albergar una de las especies más codiciadas: la cabra montés (capra pyrenaica victoriae), endémica de esta sierra.
Para facilitar sus estancias cinegéticas, el monarca ordenó la construcción de este refugio entre 1910 y 1916. No era un lujoso palacio, sino un albergue de montaña funcional que podía acogerle a él y a su comitiva durante las jornadas de caza. Se cuenta que el rey, a pesar de su condición, dormía en un sencillo camastro para estar más cerca de la acción.
Las ruinas que vemos hoy son fruto de varias reconstrucciones. El refugio original fue pasto de las llamas durante la Guerra Civil. Posteriormente, fue reconstruido por el Patrimonio Nacional y usado por el propio rey Don Juan Carlos. Finalmente, un devastador incendio a finales del siglo XX lo dejó en el estado actual.
Dato curioso: Existe la teoría (no confirmada) de que el cercano Cerro de la Cagarruta debe su peculiar nombre a que los caballos de la comitiva real solían dejar sus excrementos en esta zona durante las largas esperas de las cacerías. Una forma castiza de bautizar un pico que forma parte de la leyenda.
Hoy, lo único que queda son sus muros de piedra y una chimenea que se alza como un espectro. Pasear entre sus ruinas es viajar a una época donde los reyes también necesitaban echarse una siesta en la montaña después de una buena cacería.
Dejas atrás el refugio y bordeas el Cerro de la Cagarruta (no es necesario subirlo, aunque puedes hacerlo si quieres). Luego te metes en la Garganta de las Pozas y encaras la cuesta más pronunciada del día para coronar el Pico Morezón (2.389 m).
La recompensa: Desde la cima, tienes unas vistas de 360º. El Almanzor (el pico más alto del Sistema Central) lo tienes casi enfrente, y a tus pies se extiende todo el Circo de Gredos con sus lagunas y neveros.
Una vez coronada la cumbre del Morezón (2.389 m) y tras disfrutar de las inmejorables vistas del Circo de Gredos y el majestuoso Almanzor, toca iniciar el descenso. En lugar de retroceder por el mismo camino, la opción más recomendable y pintoresca es bajar por la Garganta de las Pozas, una ruta que convierte la vuelta en un agradable paseo por un antiguo valle glaciar.
El descenso comienza deshaciendo el último tramo de cresta hasta alcanzar el Collado de Navasomera (2.269 m). Desde este punto, se abandona la sensación de alta montaña para adentrarse en un paisaje más moldeado por el agua. La senda, marcada con hitos, desciende suavemente paralela al arroyo que da vida a la garganta.
El tramo más característico de esta bajada se encuentra en las llamadas Láncheras de las Pozas, donde el sendero se estrecha y la pendiente se acentúa durante unos 200 metros, encajonándose entre las estribaciones del Morezón y la cuerda del Refugio del Rey. Es una zona que requiere atención, especialmente si el suelo está mojado o helado, pero que ofrece un espectáculo de formas rocosas único.
Superado este estrecho, el valle se abre de nuevo y el rumor del agua se convierte en el compañero constante. El camino bordea pequeñas cascadas y un «collar de pozas» de agua cristalina que reflejan el cielo, las cuales dan nombre a este paraje. La bajada se torna cómoda y placentera, cruzando praderas donde es fácil avistar cabras montesas.
Finalmente, la senda desemboca en el Prado de las Pozas y conecta con la popular Senda de la Laguna Grande (PR-AV 17), un camino empedrado que, en un último kilómetro llano, nos devuelve directamente al aparcamiento de la Plataforma de Gredos, dando por concluida la circular.
«Una circular clásica que sube al Morezón por el Puerto de Candeleda y el Refugio del Rey, y baja por la Garganta de las Pozas. Fácil de seguir si estás atento a los hitos, con una subida final exigente pero corta, y unas vistas impresionantes del Almanzor. El descenso por las pozas es el broche de oro.»
"Sólo salí a caminar y finalmente decidí quedarme afuera hasta la puesta del sol, porque descubrí que salir era realmente entrar."
John Muir